Ciencia

James Webb 2026: chorros estelares, la ráfaga de radio más lejana y planetas inéditos

En 2026, el telescopio espacial James Webb volvió a justificar su existencia con una racha de resultados: la imagen más detallada de los chorros de estrellas recién nacidas en la nebulosa NGC 7129, la medición de distancia de la ráfaga rápida de radio más lejana conocida, detectada en 2024 y fechada ahora con el Webb, y el anuncio de planetas que empujan la frontera entre lo que es un planeta y lo que es una estrella fallida. Esto es lo que se encontró, cómo se encontró y por qué importa.

El observatorio que sigue dando que hablar

El James Webb Space Telescope opera desde principios de 2022 a millón y medio de kilómetros de la Tierra, en el punto de Lagrange L2, y es el observatorio espacial más potente jamás construido: un espejo dorado de 6,5 metros y una suite de instrumentos que ven el universo en infrarrojo, la luz en la que brillan las primeras galaxias, las nubes de polvo donde nacen las estrellas y las atmósferas de los planetas. Cada año de operación añade una cosecha de resultados, y 2026 no ha sido la excepción.

Para poner en contexto la escala: el espejo del Webb recoge más de seis veces la luz del Hubble, y su escudo solar, del tamaño de una cancha de tenis, mantiene los instrumentos a unos 230 grados bajo cero, la frialdad necesaria para que el calor del propio telescopio no ciegue sus detectores infrarrojos. Esa arquitectura explica tanto su potencia como su fragilidad: no hay misión de mantenimiento posible, cada hora de observación se subasta entre miles de propuestas científicas y el observatorio rinde, de momento, por encima de lo prometido.

Lo que distingue a esta hornada no es un solo gran titular, sino la variedad: en el mismo año, el Webb ha mirado hacia una guardería estelar de nuestra propia galaxia, hacia el universo profundo para perseguir una señal de radio de milisegundos y hacia sistemas planetarios vecinos para cazar planetas casi invisibles. Tres historias que, juntas, explican mejor que cualquier titular aislado qué es este telescopio y por qué la astronomía vive una edad dorada.

El Webb es un proyecto conjunto de la NASA, la Agencia Espacial Europea y la Agencia Espacial Canadiense, y sus datos científicos se hacen públicos tras periodos de propiedad limitados: gran parte de lo que publica acaba, tarde o temprano, al alcance de cualquier equipo del planeta. Los resultados de 2026 llegan además con el observatorio en plena forma técnica, años después de su despliegue y con su agenda de observación programada con años de antelación.

El 2026 del Webb no es una foto bonita más: es la demostración de que un mismo instrumento puede reescribir lo que sabemos de la infancia de las estrellas, de los fenómenos más violentos del universo y de los planetas ajenos.

Los chorros de NGC 7129: cómo nace una estrella

La primera gran imagen del año fue la de NGC 7129, una nebulosa de formación estelar a unos 3.000 años luz de la Tierra, en la constelación de Cefeo. Es lo que los astrónomos llaman una guardería estelar: una nube molecular fría y densa donde el gas colapsa y enciende nuevas estrellas. El problema de siempre con estas regiones es que el polvo que las alimenta también las esconde; la luz visible se bloquea y los telescopios convencionales solo ven una mancha oscura.

El infrarrojo del Webb atraviesa ese polvo, y la imagen captada con su cámara NIRCam es la más detallada obtenida hasta la fecha de la región: un cúmulo de estrellas jóvenes brillando dentro de su capullo, rodeado de nubes de gas iluminado y, sobre todo, de chorros y flujos de material que las protoestrellas expelen a velocidades enormes mientras se forman. Esas estructuras rojizas y filamentosas son la firma de estrellas en plena construcción, esculpiendo su entorno antes de asentarse.

La cámara responsable de estas vistas, NIRCam, es también la que permite algo menos evidente: datar. El universo se expande y la luz de los objetos lejanos se estira hacia el rojo, de modo que el color infrarrojo de una estrella o una galaxia es a la vez su retrato y su edad. Las imágenes del Webb no son solo más nítidas que las de sus antecesores; son, en un sentido literal, viajes en el tiempo calibrados píxel a píxel.

NGC 7129 es además un laboratorio perfecto para la pregunta que obsesiona a los especialistas en formación estelar: por qué el proceso es tan poco eficiente. De todo el gas de una nube molecular, apenas una fracción pequeña termina dentro de las estrellas; el resto es expulsado por los propios chorros y vientos de las protoestrellas, que actúan como una válvula de escape y como una podadora. La imagen del Webb muestra esa autorregulación en directo, con los conductos de eyección dibujados en el gas como surcos en un campo.

El contraste con el Spitzer merece una pausa, porque ilustra cómo avanza la astronomía de verdad: el viejo telescopio vio en NGC 7129 las fuentes más brillantes y sospechó la actividad; el Webb revela la arquitectura completa, estrella por estrella y filamento por filamento. No es que antes no supiéramos que allí nacían estrellas, es que ahora podemos estudiar cómo, caso por caso, y comparar esa guardería con otras para entender qué decide que una nube produzca soles tranquilos o monstruos masivos.

Los chorros, además de bellos, son cronómetros y termómetros: su brillo y su estructura revelan cuánta materia está cayendo sobre cada protoestrella y a qué ritmo, dos de los números que los modelos de formación estelar llevaban décadas esperando medir con precisión. La ciencia que salga de NGC 7129 alimentará esos modelos durante años, y con ellos nuestra reconstrucción de cómo se formó el Sistema Solar.

La comparación con lo que veía su antecesor es parte de la noticia. El telescopio Spitzer, que observó la misma nebulosa en infrarrojo años atrás, la mostraba como una mancha borrosa de la que solo se intuía la actividad. El montaje lado a lado que publicó la NASA resume el salto generacional: de unas pocas fuentes difusas a un paisaje con cientos de estrellas jóvenes, cavidades, arcos de choque y hasta galaxias de fondo asomando entre el gas. Ver cómo nacen las estrellas con este nivel de detalle es ver, en cierto modo, cómo nació el Sol hace 4.600 millones de años.

https://esawebb.org/videos/weic2620a/
ESA/Webb: vídeo de paneo oficial sobre NGC 7129 (ESA/Webb, NASA & CSA)
Comparación lado a lado de la nebulosa NGC 7129 vista por el telescopio Spitzer, como una mancha borrosa, y por el James Webb, con cientos de estrellas y estructuras de gas detalladas
NGC 7129 según Spitzer (izquierda) y Webb (derecha). Imagen: NASA, ESA, CSA, STScI (crédito oficial; uso público con crédito según la política de imágenes de la NASA y de ESA/Webb).

La ráfaga de radio más lejana

El segundo hallazgo suena a ciencia ficción: un destello de radio que duró milisegundos y que viajó durante miles de millones de años hasta llegar a nosotros. Las ráfagas rápidas de radio, descubiertas en 2007, son uno de los grandes misterios de la astronomía actual: pulsos energéticos que aparecen una sola vez y desaparecen, cuyo origen sigue sin prueba concluyente, aunque los magnetares, estrellas de neutrones con campos magnéticos extremos, son los sospechosos principales.

El 4 de marzo de 2024, el radiotelescopio MeerKAT de Sudáfrica detectó una de estas ráfagas, bautizada FRB 20240304B, y los datos apuntaban a que era extraordinariamente lejana. Confirmar la distancia exigía encontrar su galaxia anfitriona, una aguja tenue en un pajar cósmico, y ahí entró el Webb: sus observaciones localizaron la galaxia y midieron su desplazamiento al rojo en 2,148, lo que sitúa la explosión cuando el universo tenía unos 3.000 millones de años, menos de una cuarta parte de su edad actual. Es la ráfaga rápida de radio más distante y más energética confirmada hasta la fecha.

Localizar una ráfaga de estas características es una carrera contra el tiempo y contra la física: la señal dura milisegundos, la detecta un radiotelescopio con una precisión angular limitada y luego toca rastrear el cielo en busca de la galaxia responsable. La mayoría de las ráfagas conocidas siguen sin casa asignada. Que el Webb haya identificado la de FRB 20240304B, y medido su distancia con espectroscopia, es una muestra de cómo la radioastronomía y la astronomía infrarroja se han vuelto complementarias: una oye el estallido, la otra encuentra al culpable.

La fecha exacta importa para no confundir descubrimiento con seguimiento: la ráfaga FRB 20240304B fue detectada por el radiotelescopio MeerKAT el 4 de marzo de 2024, y lo que el Webb aportó después fue localizar su galaxia y medir su distancia con espectroscopia infrarroja, el trabajo que convierte un destello anónimo en un evento fechado. Es una división de tareas habitual en la astronomía moderna: los radiotelescopios barren el cielo en busca de fenómenos fugaces y los grandes observatorios ópticos e infrarrojos investigan después las escenas del crimen.

Hay un detalle que suele pasar desapercibido en las noticias de este tipo: confirmar la distancia de la ráfaga fue posible porque el Webb no solo fotografió la galaxia, sino que descompuso su luz en un espectro, la huella dactilar que revela cuánto se ha estirado en el viaje. Ese número, el desplazamiento al rojo de 2,148, es el que convierte un destello anónimo en un evento fechado en la historia del cosmos, y es el tipo de medida que solo unos pocos instrumentos del mundo pueden hacer sobre algo tan tenue.

Las ráfagas rápidas de radio son, además, un fenómeno joven como campo de estudio: la primera se describió en 2007 revisando datos de archivo, y desde entonces se han catalogado miles. La mayoría no se repite, lo que las convierte en fantasmas difíciles de investigar, y solo unas pocas decenas tienen galaxia anfitriona confirmada. Cada nueva localización, y más una tan lejana, añade una pieza al censo que algún día permitirá decir con datos, y no con teorías, qué las enciende.

El misterio de fondo sigue abierto. La teoría favorita señala a los magnetares, estrellas de neutrones con campos magnéticos billones de veces más intensos que el de la Tierra, capaces de liberar energía en estallidos brevísimos. Pero nadie ha visto el mecanismo en acción más allá de un caso en nuestra propia galaxia, y que la ráfaga más lejana sea también de las más energéticas sugiere que el universo joven podía producir versiones aún más extremas de lo que sea que las produce.

El hallazgo, publicado con Manisha Caleb, de la Universidad de Sídney, como autora principal, importa por dos razones. La primera es que demuestra que los fenómenos que producen estas ráfagas ya existían en el universo joven. La segunda es práctica: cada ráfaga atraviesa miles de millones de años luz de materia casi invisible y llega deformada por ella, de modo que puede usarse como una sonda para pesar el gas difuso que ocupa el espacio entre galaxias, una de las grandes incógnitas de la cosmología.

El presupuesto de tiempo de observación dice mucho de dónde mira la comunidad: una fracción creciente se dedica a exoplanetas, otra a las galaxias del amanecer cósmico y otra a nuestro propio sistema solar, de las lunas heladas de Júpiter a los objetos más remotos del cinturón de Kuiper. El Webb se ha convertido, en la práctica, en el telescopio de todos los públicos: el que produce la imagen que decora una pantalla y el que sostiene el artículo técnico que se cita durante décadas.

FRB 20240304B ocurrió cuando el universo tenía unos 3.000 millones de años: es la ráfaga rápida de radio más lejana confirmada y convierte un misterio en una herramienta para medir el cosmos.

Campo de galaxias lejanas fotografiado por el Webb, con una marca que señala la posición exacta donde se detectó la ráfaga rápida de radio FRB 20240304B
Campo de FRB 20240304B con la posición de la ráfaga marcada. Imagen: NASA, ESA, CSA, STScI (crédito oficial; uso público con crédito según la política de imágenes de la NASA y de ESA/Webb).

Planetas en el límite

La tercera línea de resultados del año tiene que ver con los planetas, y con una pregunta aparentemente simple: dónde termina un planeta y empieza una estrella. En abril, un equipo que usaba el Webb anunció el hallazgo de un objeto masivo orbitando la estrella 29 Cygni, uno de los cuerpos más ligeros jamás detectados en el límite que separa los planetas gigantes de las enanas marrones, esos objetos a medio camino que no llegaron a encender la fusión. Cada nuevo caso afina la línea divisoria y ayuda a entender cómo se forman unos y otras.

Poco después llegó otra primicia: en el sistema de Beta Pictoris, una estrella joven y cercana famosa por sus dos planetas gigantes ya fotografiados, el Webb identificó un tercero, Beta Pictoris d, no por su brillo, como era habitual, sino por la huella química de su atmósfera. Con ello, Beta Pictoris se convirtió en apenas el segundo sistema conocido con al menos tres planetas fotografiados directamente, y la técnica demostrada abre la puerta a encontrar mundos que ningún otro método puede ver.

Y el Webb sumó una candidata más a la lista: un objeto de masa similar a la de Saturno en el disco de escombros de la joven estrella TWA 7, detectado con el instrumento de infrarrojo medio MIRI a unas 50 veces la distancia Tierra-Sol de su estrella. De confirmarse, sería el primer planeta descubierto por imagen directa con el Webb y uno de los menos masivos jamás fotografiados, justo el tipo de mundo que hace falta para entender cómo se ensamblan los sistemas planetarios.

El tercer frente completa el retrato de un observatorio en plenitud: la misma máquina que mira las primeras galaxias puede, unas horas después, examinar la atmósfera de un planeta a unas decenas de años luz. Esa versatilidad no es decorativa. Las atmósferas de exoplanetas contienen las moléculas que cuentan su historia, y detectarlas por su huella química, como se hizo con Beta Pictoris d, es un ensayo general de la búsqueda más ambiciosa de la astronomía moderna: señales de habitabilidad en mundos pequeños y templados.

Fotografiar un planeta directamente es una de las proezas más difíciles de la astronomía moderna: la estrella anfitriona brilla miles de millones de veces más que el planeta, como intentar ver una luciérnaga junto a un faro. El Webb lo consigue con coronógrafos que bloquean la luz estelar y con la sensibilidad infrarroja necesaria para captar el tenue calor de mundos jóvenes que aún conservan parte del calor de su formación. Cada planeta fotografiado es, literalmente, un punto de luz que vale por mil espectros.

La frontera entre planetas gigantes y enanas marrones, que ronda las 13 veces la masa de Júpiter según el criterio clásico, es más que una etiqueta: separa objetos que se formaron como planetas, acumulando material en un disco, de los que colapsaron como estrellas fallidas. El caso de 29 Cygni b, situado precisamente en esa zona gris, y los candidatos cada vez menos masivos como el de TWA 7, están obligando a los teóricos a revisar dónde trazar la raya y qué significa realmente ser un planeta.

Todos estos resultados comparten un hilo: el Webb está llevando la imagen directa de exoplanetas, antes limitada a gigantes muy brillantes, a terrenos cada vez más parecidos a los de nuestro propio sistema solar. No es todavía la foto de una Tierra 2.0, pero es el camino que conduce a ella.

Imagen en infrarrojo del sistema de la estrella 29 Cygni, con el planeta recién detectado marcado junto a su estrella
El sistema de 29 Cygni visto por el Webb. Imagen: NASA, ESA, CSA, STScI (crédito oficial; uso público con crédito según la política de imágenes de la NASA y de ESA/Webb).

Por qué importa

Sobre las imágenes que acompañan a estos resultados conviene una precisión de autoría: las captadas por el Webb se publican con el crédito conjunto de NASA, ESA, CSA y el Space Telescope Science Institute, y se distribuyen para uso público con atribución; las de archivo de otros telescopios, como el Spitzer que aparece en la comparación, siguen las políticas de sus propias agencias. Es el mismo estándar con el que trabajan los grandes observatorios del mundo y el que permite que cualquier medio o escuela pueda mostrarlas citando su procedencia.

En conjunto, el balance de 2026 confirma una pauta que ya es una tradición del observatorio: cada año entrega al menos un resultado que redefine un campo entero. Esta vez fueron los extremos del catálogo cósmico, la estrella que nace y la explosión más lejana, y los mundos que difuminan la frontera entre planeta y estrella. El telescopio, diseñado para mirar el origen del universo, resulta ser igual de bueno describiendo sus formas actuales.

Es tentador leer la astronomía como una colección de postales, pero los tres frentes del Webb en 2026 responden a las mismas preguntas de siempre con herramientas nuevas: cómo se forman las estrellas y los planetas, de qué está hecho el universo invisible y dónde están los límites de los mundos posibles. Son preguntas que no se agotan en un ciclo de noticias, y cuyas respuestas deciden qué buscarán los telescopios de las próximas décadas.

Detrás de cada titular hay, además, una cadena de trabajo poco visible: equipos que solicitan tiempo de observación con años de antelación, tuberías de datos que limpian la luz de artefactos instrumentales y revisores que exigen que cada afirmación venga acompañada de su margen de error. La imagen de NGC 7129 o el espectro de la galaxia de FRB 20240304B son la punta de ese iceberg, y entenderlo ayuda a leer la ciencia como lo que es: un proceso colectivo, lento y verificable, no una sucesión de revelaciones.

También conviene la honestidad estadística: no todos los candidatos a planeta sobreviven a la comprobación. El de TWA 7 se anunció con la etiqueta explícita de "evidencia convincente", pendiente de confirmación, y la historia de la imagen directa está llena de puntos de luz que acabaron siendo estrellas de fondo. Que los propios equipos lo subrayen es buena ciencia, no debilidad: el anuncio del Webb incluye su incertidumbre, y la confirmación o refutación llegará de más observaciones, como debe ser.

Y un apunte para quien siga la actualidad espacial desde Latinoamérica: parte de la ciencia del Webb se hace con datos de observatorios instalados en territorio latinoamericano o con equipos de la región, y la ráfaga FRB 20240304B fue detectada por MeerKAT, en Sudáfrica, otro recordatorio de que la astronomía moderna es una empresa global en la que ningún país, ni siquiera los más ricos, lo ve todo por su cuenta.

Queda, por último, lo que está por venir. La agenda del Webb se asigna en ciclos anuales de propuestas que compiten entre sí, y los programas ya aprobados apuntan a atmósferas de exoplanetas rocosos, a las galaxias más tempranas del universo y a los confines helados del Sistema Solar. Si la primera mitad de la década sirvió para demostrar que el telescopio funcionaba, la segunda se anuncia como la de las respuestas largas: medir, comparar y entender, no solo descubrir.

Hay también una lección institucional: el Webb tardó décadas en construirse, multiplicó varias veces su presupuesto inicial y estuvo a punto de cancelarse. Su cosecha de 2026, como la de cada año desde que despegó, es el argumento mejor documentado a favor de la ciencia de largo aliento: apostar décadas por una máquina capaz de ver lo que ningún ojo había visto. Lo que encuentre después ya depende menos de la tecnología que de la imaginación de quienes la usan.

NASA: emisión oficial de las primeras imágenes del James Webb (contexto del observatorio, YouTube)

Referencias

  • NASA. (2026, octubre). NASA's Webb Captures Commotion From Nebula's Stellar Jets. NASA Science. https://science.nasa.gov/missions/webb/nasas-webb-captures-commotion-from-nebulas-stellar-jets/
  • NASA. (2026). Webb Measures Distance to Farthest Fast Radio Burst, Suggesting Origin. NASA Science. https://science.nasa.gov/missions/webb/webb-measures-distance-to-farthest-fast-radio-burst-suggesting-origin/
  • NASA. (2026, abril). Exoplanet 29 Cygni b (NIRCam Image). NASA Science. https://science.nasa.gov/asset/webb/exoplanet-29-cygni-b-nircam-image/
  • NASA. (2026). NASA's Webb Discovers Hidden Planet in Famous Star System. NASA Science. https://science.nasa.gov/missions/webb/nasas-webb-discovers-hidden-planet-in-famous-star-system/
  • NASA. (2026). Likely Saturn-Mass Planet Imaged by NASA Webb Is Lightest Ever Seen. NASA Science. https://science.nasa.gov/missions/webb/likely-saturn-mass-planet-imaged-by-nasa-webb-is-lightest-ever-seen/
  • NASA. (2026, octubre). NGC 7129 Side-by-Side (Spitzer and Webb Image). NASA Science. https://science.nasa.gov/asset/webb/ngc-7129-side-by-side-spitzer-and-webb-image/

Créditos de las imágenes

  • Destacada: NGC 7129 (NIRCam). Imagen: NASA, ESA, CSA, STScI, uso público con crédito. https://science.nasa.gov/asset/webb/ngc-7129-nircam-image/
  • NGC 7129 lado a lado (Spitzer y Webb). Imagen: NASA, ESA, CSA, STScI, uso público con crédito. https://science.nasa.gov/asset/webb/ngc-7129-side-by-side-spitzer-and-webb-image/
  • Campo de FRB 20240304B (NIRCam). Imagen: NASA, ESA, CSA, STScI, uso público con crédito. https://science.nasa.gov/asset/webb/frb-20240304b-nircam-image/
  • Exoplaneta 29 Cygni b (NIRCam). Imagen: NASA, ESA, CSA, STScI, dominio público. https://science.nasa.gov/asset/webb/exoplanet-29-cygni-b-nircam-image/
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